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La crisis de los 40: los años que perdí

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Por Rafael Zavala

Hoy cumplo 40 y escribo desde el corazón, utilizando este artículo como válvula de escape para decir lo que siento. A veces tenemos la tendencia a agradar y quedar bien con todos. Pues yo no. ¡Y hoy menos! Si no voy contracorriente con mi edad, ¿cuándo lo haré? Dicen que a partir de hoy comienza la temible ‘crisis de los 40′, en la cual experimentamos un demasiado de todo. Las dificultades parecen insuperables y el cansancio se hace notar.

Romano Guardini decía que en esta edad las ilusiones pasan, y no sólo las que son de la juventud, sino también las que procedían del hecho de que la vida aún conservaba el efecto novedad. A veces adoptamos un optimismo forzado que en realidad no sentimos o nos ocupamos de mil cosas y trabajos para escapar de la monotonía, con el fracaso como resultado más que probable.

A veces pienso que empiezo a vivir de las reservas, que ya comienzo a estar de vuelta en todo. Tengo la sensación de que las cosas se repiten. Obvio que no es verdad, nada se repite. Es la rutina la que quiere aparecer a la fuerza en varios aspectos de mi vida. El hastío, lo que los griegos llamaban “taedium vitae”, esa profunda decepción no obedece a un motivo u ocasión concretos, sino que nos la produce la vida en su conjunto.

La técnica que la vida emplea con nosotros consiste en empezar prometiendo mucho, especialmente a los 20. Ahora se hace cada vez más claro que lo prometido no se cumple.

Me imagino que como consecuencia de ello, llega la famosa ‘crisis’ que se produce a esta edad. Y no solo a los que la vida nos ha pegado fuerte, sino también a los que aparentemente les ha ido bien.

Pues bien, hoy me he dado cuenta de los años que he perdido así, pero también que, a la vez, la experiencia de ellos me ha hecho ver y entender cosas que antes no veía ni entendía. Y es que los años enseñan cosas que los días jamás llegan a entender. Lo que le da sentido a mi vida no es la cantidad de años, sino lo que hice con ellos. Las personas más inútiles son incapaces de cambiar con el paso del tiempo. “Hay gente que promete a los 20 y deprime a los 40. Fotocopia ideologizada, ha vivido el mismo año 20 veces”, decía James Barrie. Dicen que la madurez consiste en ir pasando de una etapa a otra de la vida llevando con nosotros los mejores recuerdos. Si fuimos auténticamente niños, nunca dejaremos de serlo.

Seguiré encontrándome con el sufrimiento. Ahora lo conozco mejor, lo acepto, porque sé que tengo que convivir con él, y en la medida de lo posible, superarlo.

Ya no me obsesionan los grandes logros con los que soñaba a los 20, me enfoco más en hacer lo que verdaderamente me lleva a cumplir mi propia definición de éxito. Como ya lo he dicho antes: “El camino es la meta”. Es por eso que ahora trato de disfrutar cada minuto del viaje, saboreando el presente y con buena compañía. Ya viví años obsesionado con el futuro o mirando para atrás, y busco liberarme de ello. El camino me irá mostrando la meta. Los objetivos que van surgiendo en en mi vida no los tenía previstos antes. Constantemente aparecen oportunidades que me toca detectar y aprovechar.

Pero, bueno, ¡a vivir la vida que quiero para mi! En estos años, la vida me ha enseñado muchas cosas, y lo sigue haciendo. A tener conciencia sobre mis actos, a priorizar y enfocarme en las cosas que realmente valen la pena. Me enseñó que la vida y el trabajo jamás deben ser confundidos.

He sido por años un workaholic, mezcla de motivación, compromiso y desorden de tiempos, que desembocaban en un profesional enchufado permanentemente a la oficina (y muchas veces lo sigo siendo). La vida me ha enseñado también que acá nada es para siempre, ni las alegrías ni los fracasos, que hay y habrá muchas tormentas, pero que me harán más fuerte, y que cuando salga el sol, sabré apreciarlo más que nadie. Me ha enseñado a no comparar mi vida con la de otros, raíz de muchas miserias e ingrediente perfecto para la infelicidad, y, por supuesto, me ha enseñado a cuidar el tiempo como un regalo valiosísimo.

Al respecto Santiago Álvarez, profesor principal del IESE, decía: “El hoy es un obsequio que he de agradecer y aprovechar. Ayer se fue y mañana no ha llegado, voto por quedarme en el presente. Viajo al pasado para aprender de su fantástico almacén de datos. Cuando lo hago, el presente se colma de agradecimientos y de una sana tristeza. Teniendo la nostalgia bajo control, el recuerdo de seres queridos que ya se fueron, las imágenes de una edad tierna e irrepetible, aportan al presente un halo de serenidad, dulzura y unas gotas de melancolía. ¿Qué hago con esas cuotas de pena? Leer sus enseñanzas para administrar mejor la realidad. Me proyecto al futuro para anticipar escenarios, para cobrar impulso, para irradiar ilusión y esperanza en un presente invernal. Completada la excursión regreso a mi tiempo preferido, el presente”.

Y acabo preguntándome, ¿qué es lo que más me gusta de estos 40 años? Pues con sus subidas y sus bajadas: TODO. Amo a mi familia, me encanta Laborum y su gente, el reto de hacerlo crecer y desarrollar nuevas ideas, mi hobby de conferencista y escritor (llenar una hoja en blanco y convertirla en un artículo digerible es todo un reto), y en general la vida que llevo. ¡Y sí! Sé que no soy lo que escribo, me falta mejorar muchísimo, y seguiré luchando.

Al final, lo junto todo y sale un hombre afortunado y agradecido con estos primeros 40 años (prefiero llamarlos el décimo aniversario de mis 30). Ahora recién comienza mi vida… ¡todo lo anterior ha sido una antesala!

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