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La educación emocional para nuestros niños

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Hace algunos días estaba leyendo un excelente libro de Malcolm Gladwell, “Outliers” (no conozco su traducción exacta al castellano), en el, Gladwell plasma los resultados de años de investigación sobre los determinantes para que alguien sea realmente sobresaliente, aborda casos de científicos, abogados, deportistas y hasta estrellas de rock, tratando de determinar esas condiciones que llevan a que estas personas en cada una de sus disciplinas se ubiquen muy por encima de la población general.

Sus conclusiones son extraordinarias, desvirtúa casi por completo las historias del personaje que nace carente de recursos y con su propio empuje logra sobresalir para convertirse en magnate o estrella, ese tipo de historias que a todos nos encantan, en particular a Hollywood; Gladwell argumenta, sin demeritar a las personas que desde abajo consiguen llegar a ser realmente trascendentes, que hay una cantidad de factores fortuitos que juegan un papel mucho más relevante en el éxito.

En esta ocasión me voy a concentrar en uno de los aspectos tratados en el texto que capturo mi atención y que quienes están involucrados en gestión de educación deberían tener presente, y es el hecho que existe más de un tipo de inteligencia, y que todas juegan un papel relevante al momento de determinar la probabilidad de que un ser humano sea sobresaliente.

La educación tradicional tiende a premiar los coeficientes intelectuales particularmente altos, el estudiante que es excepcional resolviendo problemas matemáticos, que su raciocinio lógico es adecuado y que en últimas logra los mayores resultados de acuerdo al formato estandarizado de evaluación, se asume aventajado.

En “Ouliers” se mencionan, entre muchos otros, dos estudios interesantísimos: uno que hizo seguimiento por años a niños con niveles de coeficiente intelectual sumamente alto, y otro que hizo seguimiento a los patrones de crianza de niños de familias de bajos recursos comparándolos con las practicas en familias de clase media y alta.

Los resultados son impresionantes:

En el primer estudio después de décadas de seguimiento se concluye que los niños de alto coeficiente intelectual tuvieron destinos supremamente diversos, algunos fueron éxitos, y otros rotundos “fracasos” (de antemano me disculpo con quienes puedan encontrar el termino displicente), esto no descalifica el hecho que contar con una inteligencia analítica superior no sea una ventaja, ciertamente estos niños “superdotados” tuvieron mejores resultados que sus compañeros de coeficientes medios durante su paso por la academia, accediendo a mayores oportunidades, en lugar de ello, lo que se concluye es que una vez cruzado un umbral, a partir del cual se considera que la persona es “genio”, diferencias en coeficiente intelectual nos son determinantes para el destino de esa persona, algo similar a los jugadores de baloncesto, necesitas al menos 1,80 metros de estatura para poder jugar profesionalmente, pero una vez estas en ese nivel, unos cuantos centímetros no hacen la diferencia; lo cual sugiere que deben existir factores adicionales que proporcionan la ventaja real a algunas personas.

Abordemos ahora el segundo estudio: resumiendo el comportamiento de los padres de mayores recursos versus los de menores recursos, se encuentra dos patrones perfectamente delineados: los padres de los niños de mayores recursos se involucran por completo en la actividades extra académicas de sus niños, precisamente las que están dedicadas a desarrollar los talentos particulares: la clases de golf después de la escuela, natación, piano. Se trata de padres que no aceptan a la primera las determinaciones de los maestros, las cuestionan, y más importante, incentivan a sus hijos a cuestionarlas, este tipo de individuos terminan siendo de mayor iniciativa, y el tipo de personajes que afrontan con mayor satisfacción los retos de la vida.

Por el contrario, los padres de familias de menores recursos parecen desentenderse del proceso de formación de sus hijos, la percepción es que es tarea de los maestros, como consecuencia, no se crea el ambiente que permita a estos niños desarrollar competencias en las que tuvieron una ventaja temprana, perdiéndose oportunidades, también son padres que aceptan por lo general el criterio de maestros, de ese modo sus hijos tienden a atender sin controvertir los dictámenes de figuras que reconocen como autoridad.

Todo esto lleva a preguntarse si en adición a la inteligencia analítica enseñada por los sistemas de formación en todo el mundo, no hace falta algún otro tipo de instrucción que cultive la inteligencia emocional, o si debe riamos ocuparnos en crear planes de formación para los padres orientados a garantizar que estos asuman las conductas que le darán a sus hijos al menos un chance equitativo para ser exitosos.

Las evidencias existen, vale la pena cuanto menos debatirlo.

 

Sobre el Autor Jorge E. Borrero A.
Economista – Pontificia Universidad Javeriana, MBA – INALDE: Cuenta con más de 10 años de experiencia en finanzas, trabajó en los sectores financiero, industria y servicios, en compañías como Petroquímica Colombiana, Mexichem SAB CV, y Grupo Phoenix, ha liderado operaciones de deuda estructurada financiera por más de 250 MM USD en Colombia, Venezuela, México y EEUU así como proyectos de modelación financiera especializada para compañías públicas y privadas. Más recientemente ha trabajado con Whitney Intl University System, en la integración de nuevas Universidades a la red, financiación de su crecimiento y capitalización de oportunidades en Educación Virtual

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