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La sonrisa: Un arma de doble filo

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Por Giulia Sammarco*

La sonrisa es contagiosa en todas las culturas y en todos los idiomas.

Según la teoría de la retroalimentación facial de Darwin (1872), la sonrisa no es sólo la respuesta a un estímulo placentero, sino una fuente de bienestar en sí misma. Es decir que sonreír, en sí, es suficiente para elevar nuestro estado de ánimo.

Sonreír puede interferir positivamente en algunos desórdenes del estado anímico y fortalecer la habilidad natural del cerebro para mantener una visión optimista de la vida. Andrew Newberg (http://www.andrewnewberg.com/), en sus experimentos sobre las emociones, estableció que “la sonrisa es el indicador  con el mayor contenido emocional positivo en el ser humano. Tan sólo mirando la imagen de un rostro sonriente, uno se siente más feliz y seguro de sí mismo”, asevera. Ver una sonrisa genera en los demás un sentimiento de gentileza y generosidad.

Las investigaciones de Amy Gutmann – Presidente de la Universidad de Pensilvania – concluyeron recientemente que, al sonreir, no sólo se nos percibe como más agradables y educados, sino también comopersonas más competentes.

Todo muy bonito, hasta aquí.

En los años ‘80 – ’90 del siglo pasado, un grupo de científicos de la Universidad de Parma – liderados por los doctores Giacomo Rizzolatti y Vittorio Gallese – descubrió un tipo particular de neuronas, la neuronas espejo, que se activa al percibir estímulos generados por terceros y que induce a nuestro cerebro a replicar dichos estímulos, aunque físicamente no movamos un músculo.

¿Qué significa esto? Que, por ejemplo, cuando vemos a una persona agarrar una pelota de futbol y patearla, las neuronas que se activan en nuestro cerebro son exactamente las mismas que se activaron en quien físicamente llevó a cabo la acción, a pesar de quedarnos inmóviles. Del mismo modo, en el cerebro de una persona ciega de nacimiento, ante el sonido de agua servida en un vaso se activan las mismas neuronas que en la persona que vertió el agua, aunque nunca haya podido ver esta acción.

Con la sonrisa sucede algo similar.

A través de resonancias magnéticas se ha establecido cuáles son las áreas del cerebro que se activan cuando vemos sonreír a otra persona. Lo lógico sería que las áreas relacionadas con la vista se iluminen, pero no son las únicas.

La corteza pre motora, la corteza somato sensorial y la corteza insular también se iluminan. La corteza pre motora activa los músculos faciales que nos hacen sonreír, mientras que las cortezas somato sensorial e insular se encargan de generar las sensaciones que transmiten al cuerpo lo que realmente se siente, tanto física como emocionalmente, al sonreír. Cuando vemos sonreír a alguien, las neuronas espejo simulan nuestra propia sonrisa.

Guillaume Duchenne (1806 – 1875) , neurólogo francés, determinó que cada vez que sonreímos se activan 2 músculos específicos. El primero, el cigomático mayor, controla los extremos de la boca, mientras que el segundo, el músculo orbicular de los ojos, es el que determina la autenticidad de la sonrisa al involucrar la parte superior del rostro en dicha expresión.

¡Aquí está el peligro!

Como mencionamos anteriormente, al visualizar un estímulo se activan las neuronas espejo, que de manera automática replican en nuestro cerebro la conducta observada e indican a nuestros músculos faciales que, a su vez, deben de sonreír.

Así, al igual que el bostezo, la sonrisa es contagiosa.

El problema es el siguiente: sólo las sonrisas auténticas causan el “efecto espejo”, por lo que cada vez que nos relacionamos de manera hipócrita o fingida corremos el riesgo de generar suspicacias y causar una impresión negativa en los demás.

Por otro lado, la mayoría de las personas presta poca atención a los detalles en la interacción social. Así, si no observamos atentamente al prójimo, podríamos estar perdiendo la oportunidad de detectar actitudes engañosas y establecer relaciones sociales o de negocios con personas poco sinceras.

Finalmente, hay que tener cuidado al interpretar señales sin investigar cada circunstancia de manera individual. Existen enfermedades neurológicas que pueden alterar la expresión facial.

La vanidad también puede jugar malas pasadas, ya que el Botox, por ejemplo, aplicado para evitar arrugas alrededor de los ojos, paraliza el músculo óculo facial, precisamente el responsable de reflejar la sinceridad de nuestra sonrisa.

Fuente: Semana Económica


 

*He sido directora de Relaciones Institucionales para Scotiabank Perú, antes Banco Wiese Sudameris, durante 8 años; participé en el “start-up” de Tim Perú (hoy Claro) y fui jefa de Foros y Misiones de la Cámara de Comercio de Lima. En el ámbito periodistico trabajé para el grupo Televisa, como Directora de la revista Caras en el Perú.

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