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¿Qué te convierte en ‘obeso profesional’?

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Una persona adicta al trabajo necesita reafirmación externa constante. (Foto: Getty Images)
(Foto: Getty Images)

Bloqueo, aversión al cambio, parálisis y retroceso profesional… Son algunas de las consecuencias que provocan determinados factores como el miedo, el presentismo, la falta de equilibrio, el buenismo o el alto rendimiento aparente.

Pasar más tiempo del debido en la oficina; parecer más ocupado de lo que estás realmente, sumido en una multitarea improductiva y estúpida; aborrecer y temer el cambio; instalarse en un pesimismo cenizo; ser esclavo del micromanagement; estar incapacitado para ser feliz en el trabajo.

Estos y otros factores de riesgo te convierten en obeso laboral, ralentizan tu carrera, paralizan tu desarrollo y bloquean cualquier expectativa de cambio. Aquí puedes descubrir qué factores pueden dejarte estancado:

• Ovidio Peñalver, socio director de Isavia, señala que la obesidad laboral puede ser propia de aquellos que no tienen vida privada o familiar. Hay quien piensa que ser un profesional de alto rendimiento implica ser workaholic. Convertir la abnegación – que puede ser necesaria en determinados momentos – en una gestión ruinosa del tiempo nos puede llevar a acumular grasa profesional.

• Conviene planificar y encontrar tiempo suficiente para algunas distracciones y desconexiones, porque ser productivo no significa estar sentado muchas horas en tu sitio y la eficiencia no tiene que ver ni se mide ya por el simple hecho de estar más tiempo en la oficina.

• Evita el error de cambiar lo estratégico por tareas rutinarias que sabes cómo desempeñar. Y no digamos de aquellos que se incluyen en el grupo de los que en apariencia están siempre atareados en algo importante, pero son todo lo contrario a la eficacia. Viven en una hiperactividad estúpida que tiene que ver con la multitarea.

• Hay empresas que generan lo que podría denominarse la cultura del alto rendimiento aparente, que se relaciona con la tendencia a ir corriendo a todas partes, a llegar tarde, a una sensación permanente de que se está desbordado, porque eso da la apariencia de que se trabaja mucho. Es como el presentismo que asume que, por pasar muchas horas en la oficina, se trabaja más.

Ovidio Peñalver se refiere a una creencia colectiva limitante: “Decir que estás muy ocupado vende. Para algunos ésta es una postura que justifica su puesto de trabajo o su función dentro de la compañía”.

• Nuria Esparza, directora de atracción de talento de Adecco, se refiere a la “teoría del flujo”, relacionada con el hecho de que un profesional se acomode a un puesto: “Debe existir un equilibrio constante entre la capacidad para desarrollar una tarea y la dificultad o el reto que ésta supone.

Si la capacidad está por encima de la dificultad aparecen el aburrimiento y la desmotivación. Pero si está por debajo, surgen la ansiedad y la frustración. En realidad, este equilibrio no es posible en todos los puestos y en todas las profesiones”.

• Mucha gente desearía cambiar de trabajo y no lo hace. Este pesado inmovilismo se debe, en algunos casos, según Silvia Leal, asesora de la Comisión Europea y directora académica en IE Business School, a que sus incentivos están fijados a largo plazo.

“En determinados sectores, tal como se articulan los planes de pensiones, pierdes el derecho a su disfrute si te vas. Puede surgir una nueva oportunidad profesional, pero hay quien decide rechazarla. Están atados a su organización. Son profesionales que desean jubilarse pero que, mientras llega ese momento, no tienen ninguna ilusión por lo que hacen.

Esto crea verdaderos obesos profesionales y cuanta más experiencia acumulan, más gorda y pesada es la cadena que los ata a su puesto o a su empresa. Hay profesionales de 45 años a los que les quedan 20 años de vida laboral que actúan como si estuvieran jubilados mentalmente”.

• El miedo a equivocarse es otro factor paralizante cuando alguien decide que debe cambiar de trabajo o irse de su empresa. Silvia Leal insiste en los perjuicios que nos ocasiona el miedo al rídiculo y al fracaso, y cómo suele castigarse éste último: “Eso hace que la gente prefiera quedarse donde está”.

• Conviene saber que marcharse de la empresa y errar en la decisión, aunque engorroso, no es el final de nuestra carrera. Puede ser que nuestras ansias de reinvención profesional nos hayan llevado a no conocer el sector de destino; o que nos planteemos el cambio con superficialidad.

• Quizá has tenido que irte para darte cuenta de que estabas bien en el trabajo que abandonaste. Pero puedes regresar, y cuando lo hagas, debes reparar en las condiciones laborales que te encuentras a la vuelta.

Éstas no deben ser muy diferentes a las que tenías antes de irte. Si son mucho mejores, el mensaje para los que se han quedado es que la forma de progresar es abandonar la compañía. Pero tampoco pueden ser especialmente penosas, porque esa humillación nunca beneficia a nadie.

• Sobre todo, debes explicar a tus compañeros esa vuelta, y que entiendan en qué medida la compañía está abierta a aventuras profesionales como la tuya.

• Los entornos laborales almibarados en los que predomina un buen rollo permanente y absurdo engordan mucho más que el azúcar. El exceso de consenso y la ausencia no ya de conflicto, sino de debate, resultan frustrantes.

Ovidio Peñalver recuerda que “querer agradar siempre y querer a todo el mundo” es un factor de obesidad laboral. Ese exceso de buen rollo resulta ineficaz. Peñalver explica que “en cualquier equipo hay comunicación, y eso genera conflictos. No se trata de que éstos no existan, sino de que haya una manera madura de gestionarlos.

Cuando se produce una crisis, se refuerza la relación y el vínculo. Bien llevado, el conflicto resulta positivo, y la sinceridad está por encima de las tensiones que se puedan producir”. Se trata de sustituir el cartón piedra por algo auténtico.

Diario Expansión de España
Red Iberoamericana de Prensa Económica (RIPE)

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