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El día después de PPK, por Marco Sifuentes

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Razonemos en frío. No hay que ser fujimorista para darse cuenta de que el período presidencial de Martín Vizcarra debería ser muy corto, lo suficiente para organizar las siguientes elecciones. El principal motivo: Chinchero. Vizcarra, en una muestra de lealtad digna de mejor causa, se quemó por este asunto (a pesar de haberse opuesto, internamente, a la decisión de PPK). Con esa maleta encima no aguanta hasta el 2021.

Insisto en algo que ya se ha dicho antes: no solo Vizcarra carece de la legitimidad y el capital político necesarios. Tampoco los tiene Mercedes Aráoz, en su calidad de ex ministra de uno de los gobiernos salpicados por la corrupción de Odebrecht.

“No solo Vizcarra carece de la legitimidad y el capital político necesarios”

Razonemos en frío. No hay que ser fujimorista para darse cuenta de que el período presidencial de Martín Vizcarra debería ser muy corto, lo suficiente para organizar las siguientes elecciones. El principal motivo: Chinchero. Vizcarra, en una muestra de lealtad digna de mejor causa, se quemó por este asunto (a pesar de haberse opuesto, internamente, a la decisión de PPK). Con esa maleta encima no aguanta hasta el 2021.

Insisto en algo que ya se ha dicho antes: no solo Vizcarra carece de la legitimidad y el capital político necesarios. Tampoco los tiene Mercedes Aráoz, en su calidad de ex ministra de uno de los gobiernos salpicados por la corrupción de Odebrecht.

 

Por si acaso, no estoy hablando aquí de las calidades personales o profesionales de ambos ni de los mecanismos establecidos por la Constitución (según la cual podrían continuar perfectamente hasta que acabe el período). Se trata de lo que impone la realidad.

Pretender otro camino desembocaría inevitablemente en la prolongación de la crisis. Vendrían pedidos de vacancia contra uno y otra hasta que el fujimorismo ponga un presidente de transición (Galarreta o quien presida el Congreso para entonces).

Para impedir este escenario, lo razonable sería que la primera tarea del presidente Vizcarra sea convocar a elecciones. Es lo que hizo Paniagua en el 2000, con una crisis institucional generalizada. Esta vez la crisis es más bien de representación. No hay tienda política a salvo. Estas nuevas elecciones deberían ser una oportunidad para que los partidos, existentes y en proceso, apliquen una reingeniería drástica y veloz, si aún pretenden seguir en el juego.

Kuczynski, por cierto, parece empeñado en prolongar su agonía y vivir en el delirio de que es posible patear la pelota hasta la visita del Papa. Triste final. Se le dijo, se le advirtió. Pero prefirió su burbuja endogámica a la realidad. Esta es una situación que no tendría que haber desembocado en lo que estamos viviendo de haber actuado desde el inicio con decisión y transparencia.

Cuando Vizcarra asuma tendrá una segunda tarea, quizás igual de delicada: el nuevo Consejo de Ministros. Pero aquí enfrenta un dilema peor. Con todas las tiendas políticas desprestigiadas y con los tecnócratas “de lujo” a la deriva, Vizcarra asumirá que su sobrevivencia dependerá de dejarse copar por el fujimorismo.

Si la ciudadanía no despierta de su letargo navideño, papista y mundialista, es claro que esto es lo que se viene. Teniendo en cuenta lo que se ha visto estos días, no es descabellado que el objetivo final del fujimorismo sea interferir en las investigaciones de Lava Jato y en las elecciones mismas.

Miremos, como botón de muestra, lo que está pasando ya mismo en el Tribunal Constitucional. Estamos viviendo 1997 de forma simultánea al año 2000. Y, cuando termine de caer PPK, volveremos también a 1992.

 

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