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Laudato si (Alabado seas): una encíclica para leer

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Marita Chappuis
Marita Chappuis

A TAJO ABIERTO
Por Marita Chappuis

En mayo último, el Papa Francisco escribió esta encíclica de 191 páginas que recomiendo leer, porque todos los comentarios que se han publicado en la prensa no reflejan su espíritu.

El nombre de la encíclica no es casual. “Laudato si” es la frase inicial del Cántico de las Criaturas, escrito en 1255 por San Francisco de Asís. El Papa ha aclarado que su encíclica no es “verde”, y solo pide la necesidad de debates sinceros y honestos; y que cada uno reflexione sobre sus propias maneras de dañar el medio ambiente.

En sus primeros párrafos y de manera consistente durante todo el documento, Laudato si reconoce la labor de las gerencias ambientales. Dice textualmente: “alentar y dar gracias a todos los que están trabajando para garantizar la protección de la casa que compartimos”.

Señala, asimismo: “Sobre muchas cuestiones concretas la Iglesia no tiene por qué proponer una palabra definitiva y entiende que debe escuchar y promover el debate honesto entre los científicos, respetando las diversas opiniones”. Recalca que “la complejidad no viene de un modo único de interpretar y transformar la realidad”; “los temas no se cierran ni abandonan, sino que constantemente deben ser replanteados y enriquecidos”, y “así como la vida y el mundo son dinámicos, el cuidado del mundo debe ser flexible y dinámico”.

Laudato si recorre los diversos problemas ambientales que afectan a la humanidad, como ciudades insalubres, caos urbano, mala gestión del transporte y el sufrimiento de los animales. Critica el derroche del agua, alertando sobre aves que han desaparecido por los agrotóxicos; el consumo de narcóticos que degrada el medio ambiente; la contaminación de ríos por los detergentes y productos químicos que utiliza la población. También señala que para los habitantes de barrios precarios el paso cotidiano de hacinamiento al anonimato social produce una sensación de desarraigo que favorece a conductas antisociales y violencia.

La encíclica reconoce que un límite infranqueable para las energías renovables es la ausencia de tecnologías adecuadas de acumulación para las fuentes de este tipo de energía (baterías, embalses). Pero resalta también que se han ejecutado obras de remediación que demuestran que sí se puede cambiar; que la participación ciudadana requiere que todos los actores sean adecuadamente informados de los riesgos y las posibilidades de control, con acciones de seguimiento y monitorización constante.

Critica el “usar-y-tirar “, el consumir más de lo que se necesita, y pone como ejemplo el uso intensivo del aire acondicionado. Insta a los países pobres a controlar más la corrupción. Además, recuerda las palabras de Juan Pablo II: “Dios ha dado la Tierra a todo el género humano, sin excluir a nadie, ni privilegiar a ninguno”.

Lanza también frases fuertes como que “tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con el aborto”. Y para los tiempos que vivimos, afirma: “Un EIA tiene que insertarse desde el principio y elaborarse de modo interdisciplinario, transparente e independiente de toda presión económica o política. Puede contemplar la necesidad de una inversión mayor para resolver efectos indeseables que pueden ser corregidos”. Cómo hubiera ayudado esta frase en los tiempos de la crisis de Conga.

Casi al final de la encíclica, el Papa escribe: “Una vez más expreso que la Iglesia no pretende definir las cuestiones científicas ni sustituir a la política, pero invito a un debate honesto y transparente, para que las necesidades particulares o las ideologías no afecten el bien común”.

Concluye el Papa con esperanza: “La unidad es superior al conflicto (…) Sin embargo, no todo está perdido porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse”.

A la Iglesia le reclama una austeridad responsable, controlarnos y educarnos, y alerta que la sobriedad y la humildad no han gozado de una valoración positiva en el último siglo.

Mientras que el Papa nos escribe palabras tan aleccionadoras, aquí un ex obispo de Chimbote se ha pintado junto a Cristo en el altar mayor de su iglesia, donde todavía no hay sitio para los tres curas mártires asesinados por Sendero Luminoso. Y hay otro que lo ha hecho en el coro de la Catedral de Trujillo, junto a Santa Rosa y San Martin de Porres. Ambos luchan para desplazar al Cardenal Cipriani, apoyando a la esposa del presidente, o fungiendo como mediador de conflictos mineros.

Fuente: Semana Económica

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