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Uranio: acciones de mineras caen más de 23% pese a precios en máximos de 18 años

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producción de uranio

Las acciones de las mineras de uranio llevan meses en caída libre, incluso mientras el precio del combustible nuclear se mantiene en máximos históricos. El uranio spot ronda los 90 dólares por libra, y los contratos de largo plazo, que son los que realmente rigen el negocio de los productores, se pactan en torno a los 96 dólares, el nivel más alto en más de 18 años. Sin embargo, el Sprott Uranium Miners ETF (URNM), el principal vehículo que agrupa a las mineras del sector, acumula una caída superior al 23% en lo que va de año, después de haber subido más del 38% en algún momento del ejercicio. El índice VettaFi Global Uranium Mining, que sigue a las productoras de todo el mundo, retrocedió un 16% solo en septiembre.

La desconexión entre el precio del combustible y el valor de las compañías que lo producen tiene una explicación que los analistas resumen en una palabra: liquidez. «Incluso si el precio esperado del uranio no cambia, una menor liquidez puede elevar el costo del capital, comprimir los múltiplos de valoración y retrasar el reconocimiento del mercado del valor futuro de los proyectos», escribió Paul Wong, estratega de Sprott, en un análisis reciente. La tesis de la firma canadiense es que la caída de las acciones responde más a un shock financiero que a un deterioro de los fundamentos del negocio nuclear. La volatilidad elevada, el desapalancamiento y la presión sobre las small caps de alto beta han hecho que las mineras de uranio coticen más en línea con los activos de riesgo que con el uranio que producen.

El problema de fondo es que un precio spot alto no se traduce de inmediato en ingresos para las mineras. Los contratos de uranio se negocian en privado, con estructuras que incluyen pisos y techos, y las entregas suelen concretarse años después de la firma. Cameco, la mayor productora de Occidente, lo ilustra con claridad: su precio realizado en el tercer trimestre fue de unos 66 dólares por libra, muy por debajo de los 90 del spot y de los 96 del contrato a largo plazo. La compañía reportó el 30 de octubre unos resultados que quedaron por debajo de las expectativas, con un EBITDA ajustado un 44% inferior al consenso, y recortó su guía de producción anual a un rango de 19.5 a 20.5 millones de libras, frente al máximo anterior de 21.5 millones. Las acciones de Cameco cayeron cerca de un 10% tras el anuncio.

El caso de Kazatomprom añade una capa de incertidumbre sobre la oferta. La compañía kazaja, que produce cerca del 39% del uranio del mundo, retrasó la puesta en marcha de su planta de ácido sulfúrico, un insumo indispensable para su método de extracción in situ. El commissioning estaba previsto para el primer trimestre de 2027, pero se deslizó hasta algún punto entre el tercer trimestre de 2027 y el primero de 2028 tras el hallazgo de fósiles en el sitio de construcción. Aunque la empresa ha dicho que el retraso no afectará materialmente sus operaciones, los analistas esperan una menor producción kazaja el próximo año. La escasez de ácido sulfúrico también obligó a cerrar temporalmente la mina de Cigar Lake, en Canadá, durante julio de 2026, lo que refuerza la sensación de que la oferta primaria no responde con la velocidad que el mercado desearía.

El panorama de largo plazo, en cambio, sigue siendo el mismo que atrajo a los inversionistas al uranio en primer lugar. Los requisitos de los reactores crecerán un 4.1% anual entre 2026 y 2035, por encima del 3.3% de crecimiento previsto de la producción minera. Benchmark Mineral Intelligence estima que el mercado ya se encuentra en un déficit marginal en 2026 y que este se ampliará hasta representar el 18% de la demanda en 2027. La construcción de reactores en China es el principal motor de esa demanda, y los proyectos occidentales enfrentan barreras de financiamiento y regulatorias que retrasan su puesta en marcha. Las minas nuevas tardan alrededor de una década en entrar en producción, y los proyectos que hoy están en carpeta, como Rook I de NexGen en Saskatchewan, no verán el primer mineral hasta 2030 como muy pronto.

Para los inversionistas que miran más allá del ruido trimestral, la brecha entre el precio del uranio y el valor de las mineras representa una oportunidad. Sprott sostiene que la tesis fundamental sigue intacta: expansión nuclear, inventarios en descenso, prioridades de seguridad energética y una respuesta lenta de la oferta minera. La pregunta es cuánto tiempo puede persistir la divergencia. «La divergencia actual puede durar más de lo que los inversionistas fundamentales esperan», advirtió Wong. «Los regímenes de liquidez cambian según el calendario del mercado». Mientras tanto, las mineras siguen produciendo, los contratos se siguen firmando y el uranio, ese metal que alguna vez fue el patito feo de la energía, sigue esperando que Wall Street se ponga a tono con la física.

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