Paul D. Mitchell, líder global de Minería y Metales de EY, sostiene que el costo de construir una nueva gran mina de cobre se ha triplicado a nivel mundial. La urgencia global por la electrificación y la seguridad energética ha reposicionado a la minería en la cúspide de las prioridades del capital internacional. Sin embargo, en un entorno marcado por la alta volatilidad macroeconómica, las corporaciones globales ya no buscan trámites fáciles, sino predictibilidad absoluta. Mitchell analizó el posicionamiento estratégico del Perú y advierte que ante el agresivo avance de competidores como Argentina, el Estado peruano debe estructurar un equilibrio normativo y tributario que garantice estabilidad por los próximos 15 o 20 años, además de migrar hacia un modelo de desarrollo regional colaborativo. Aquí la entrevista con ProActivo en el marco del Simposio – XVI Encuentro Internacional de Minería.
Ante la debilidad institucional del país, ¿Cuál es su lectura sobre la situación del Perú respecto a su potencial de producción de cobre en el panorama global?
Sigo siendo sumamente optimista sobre el futuro del sector. La cantidad de cobre que requiere el planeta para la electrificación y para gestionar la transición energética es significativa, y todas las principales empresas mineras del mundo quieren crecer y aumentar su producción. El problema en este momento es que hay mucha incertidumbre y volatilidad en los mercados globales; como resultado, la gente está esperando cierta certeza antes de invertir el dinero necesario para desarrollar una mina de cobre.
El mundo se da cuenta de que necesitamos el cobre para mantener nuestro estilo de vida. Eventualmente esa confianza llegará al mercado y será sumamente positiva para el Perú. Al mismo tiempo, el gobierno local debe asegurarse de estar abierto a que las empresas inviertan. Necesitamos mejorar la obtención de permisos y ayudar a las compañías con la licencia para operar.
¿Cómo deben estructurarse los empresarios y políticos para comprender que el requerimiento del cobre trasciende el plano netamente local?
Uno de los problemas en los que la industria y la política se han metido es este concepto de “cero neto”, de que solo proporcionamos un equilibrio para todos. El mundo debería estar pensando en un “neto positivo”. ¿Cómo nos aseguramos de que esto sea bueno para las empresas, el gobierno, las comunidades y toda la sociedad? La minería ha demostrado que es capaz de hacerlo. Quellaveco es un excelente ejemplo de esto: se genera más agua en las plantas desalinizadoras de la que se necesita solo para la mina. Proporcionar esa agua a las comunidades resuelve problemas no solo para la empresa, sino también para los gobiernos y las poblaciones locales. Ese concepto de “neto positivo” es lo que necesitamos llevar al mercado.
¿Qué tan atractivo se mantiene el Perú frente a competidores vecinales que muestran un renovado entusiasmo minero?
Desde una perspectiva mineralógica, el Perú es muy atractivo; tiene los recursos naturales y un ecosistema industrial maduro de varios años. Chile obviamente tiene algunas ventajas porque su industria ha estado funcionando por más tiempo, y el Perú debe asegurarse de seguir siendo más positivo que los países que están emergiendo, como Argentina y Ecuador. Y eso realmente se reduce a ser capaces de brindar certeza desde una perspectiva de licencias y certeza desde una perspectiva tributaria.
No tiene que ser fácil; simplemente tiene que ser seguro. Las empresas necesitan saber que si van a gastar millones de dólares en exploración, van a ser capaces de obtener un permiso cuando esa exploración termine. Los impuestos y las regalías deben mantenerse estables. Mi consejo para el Perú sería que debería ubicarse en un punto intermedio: ser ligeramente mejores que lo que se ofrece en Chile, pero no tienen que ceder tanto como Argentina o Ecuador porque la mineralogía en el sistema es mejor en el Perú. Esa certeza debe estar garantizada por 10, 15 o 20 años porque los proyectos mineros duran mucho tiempo.
Mencionó a Argentina. En foros como CESCO se nota un fuerte avance de ese mercado. ¿Qué tanto puede impactar en la región?
Todo el mundo está muy entusiasmado con Argentina; firmas como Rio Tinto, BHP y Lundin ya están invirtiendo allí. Creo que las oportunidades en América Latina en su conjunto son extremadamente positivas, pero animo a la gente a no pensar en la minería simplemente como una industria país por país, sino como una industria regional.
Todos los gobiernos quieren que las empresas agreguen valor a lo que extraemos, necesitamos refinar cobre en América del Sur. Pero no podemos estar construyendo grandes refinerías comerciales en cada uno de los países; no podemos tener múltiples en Chile, una en Perú, una en Argentina y una en Ecuador. Deberíamos pensar en agregar valor sobre una base regional y que todos participemos de eso.
En esa línea, diversos empresarios plantean que el futuro exige generar sinergias de infraestructura y operaciones conjuntas entre las mismas compañías. ¿Es viable este camino?
Sí, las empresas mineras se han dado cuenta de que necesitan trabajar más en conjunto. En el futuro, las expansiones o la construcción de nuevas y grandes minas de cobre nos va a costar miles de millones de dólares. Ya no costará entre 5,000 y 10,000 millones de dólares construir una nueva mina; costará entre 15,000 y 20,000 millones. Los joint ventures (empresas conjuntas) son la forma en la que las compañías pueden gestionar el riesgo asociado a un proyecto tan grande y salir adelante.
Por lo tanto, las alianzas entre empresas mineras, las alianzas entre gobiernos y privados, y los acuerdos con firmas comercializadoras globales van a ser parte del futuro. Esa es la única manera en la que vamos a desarrollar las megaoperaciones que garantizarán el suministro de cobre para la transición energética global.
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| Este artículo forma parte de la Revista ProActivo – Edición N° 259, para leer la publicación competa haz clic aquí |























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