La empresa estadounidense Greenland Energy desencadenó un escándalo en Groenlandia al desembarcar material para perforaciones exploratorias en la costa este del territorio sin contar con la autorización correspondiente. La compañía texana, que insiste en que no tiene vínculo con las ambiciones territoriales del presidente Donald Trump, asegura que se trataba de una etapa previa a las exploraciones en Nunap Qeqqa, también conocida como Jameson Land.
El episodio ocurrió a finales de julio, cuando los residentes de la zona, de por sí escasamente poblada, vieron cómo un remolcador acercaba una barcaza a la orilla y descargaba una quincena de contenedores. La investigación del medio danés Danwatch confirmó que el cargamento era para Greenland Energy. El gobierno groenlandés reaccionó de inmediato. Emitió una “severa advertencia” a la empresa y le recordó que todas las operaciones logísticas futuras deben ser notificadas y aprobadas por la autoridad competente antes de ejecutarse. El ministro de Asuntos Exteriores y Recursos Naturales, Múte B. Egede, fue más allá: declaró a la televisión local KNR que no considera realista que la empresa pueda perforar este otoño. Advirtió, además, que un nuevo incumplimiento podría acarrear sanciones más severas, incluyendo restricciones, multas o incluso la retirada de las licencias.
El trasfondo político del asunto es ineludible. La cercanía de Greenland Energy con el círculo de Trump ha encendido todas las alarmas. Su presidente, Larry Swets, es presentado como una persona próxima al mandatario. La compañía ha incorporado a su consejo a Carol Craig, una veterana de la Armada estadounidense que trabaja en el proyecto Golden Dome, el sistema de defensa antimisiles para el cual Trump considera “vital” controlar Groenlandia. También ha contratado a Phil McGraw, el conocido Dr. Phil, para una serie documental sobre la exploración en el Ártico. Y, por si fuera poco, Trump publicó en Truth Social una imagen generada por inteligencia artificial en la que aparece imponente sobre un pueblo groenlandés con el mensaje “Hello, Greenland!”.
Ulrik Pram Gad, investigador del Instituto Danés de Estudios Internacionales, lo resume con precisión: “Existe la sensación difusa de que hay una conexión con Trump”. Y añade: “Esto genera ansiedad y tensiones, especialmente porque con Trump cabe esperar cualquier cosa”.
Greenland Energy defiende que los permisos de exploración con los que opera fueron concedidos en 2015 y 2018 y, por tanto, siguen siendo válidos. Es cierto. Groenlandia decretó una moratoria sobre la exploración de hidrocarburos en 2021, pero esas licencias anteriores no fueron revocadas. La empresa británica 80 Mile, que controla los derechos de exploración en Jameson Land, mantiene tres licencias vigentes. Greenland Energy financia las operaciones a cambio de una participación mayoritaria en el proyecto.
Sin embargo, la compañía texana necesita autorizaciones específicas para cada fase de la operación. Y ahí está el problema. Aunque asegura que sus conversaciones con los reguladores son “constructivas”, la realidad es que todavía no ha obtenido el visto bueno para instalar el campamento ni para iniciar las perforaciones. Su plan inicial contemplaba perforar dos pozos de 3,500 metros de profundidad con una inversión de 60 millones de dólares. Ahora ha reducido sus aspiraciones a un solo pozo. Pero ni siquiera eso tiene garantizado el permiso.
El escepticismo de las autoridades groenlandesas contrasta con el optimismo de la empresa. En una carta a sus accionistas, Greenland Energy aseguró sentirse “alentada por los avances realizados” para obtener las autorizaciones necesarias. El gobierno de Nuuk, sin embargo, mantiene una posición mucho más cautelosa. El ministro Egede ha sido tajante: el proyecto está lejos de recibir la aprobación.
La oposición local es otro factor a tener en cuenta. En Ittoqqortoormiit, la localidad más cercana a la zona de la licencia, más de un centenar de personas —de una población total de 325 habitantes— se manifestaron a mediados de julio contra el proyecto. Anne Merrild, profesora de la Universidad de Aalborg y especialista en el Ártico, explica que los pocos habitantes de la región dependen de la naturaleza que los rodea; son cazadores y pescadores. La perforación, advierte, provocaría numerosas alteraciones y el aumento de la actividad humana tendría un impacto sobre la fauna.
El Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia estima que la región podría albergar 2,350 millones de barriles equivalentes de petróleo. Otros estudios elevan la cifra hasta los 13,000 millones de barriles recuperables. Greenland Energy ha llegado a hablar de un billón de dólares en crudo. Pero Merrild ofrece una perspectiva más amplia: “Desde la lógica de la empresa, teniendo en cuenta las actuales tensiones geopolíticas, el proyecto envía una señal: es una manera de decir ‘tenemos acceso a recursos en otros lugares’”. No se trata solo de petróleo. Se trata de presencia, de influencia, de plantar bandera en un territorio que Trump quiere controlar.
La tensión entre Estados Unidos y Groenlandia no es nueva. Trump ya había generado controversia en enero de 2025 al negarse a descartar el uso de la fuerza militar para tomar el control de la isla. Desde entonces, Dinamarca y Groenlandia han rechazado cualquier plan de anexión, y un grupo de trabajo de alto nivel busca una salida negociada. Pero incidentes como el de Greenland Energy alimentan la desconfianza.
La compañía texana ha negado cualquier vínculo entre su proyecto y los planes de anexión de Trump. Su director general, Roderick McIllree, reconoció que el desembarco de equipos fue “un error por nuestra parte, un error que no se volverá a repetir”. Pero el daño ya está hecho. La operación ha puesto de relieve hasta qué punto la frontera entre los intereses privados y la geopolítica puede ser difusa en el Ártico. Y ha dejado a Groenlandia, una vez más, en el centro de una tormenta que no ha pedido.

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