Elena de la Torre, PwC Perú

Por: Elena de la Torre, Gerente Senior de Infraestructura y Transaction Services en PwC Perú 

Cuando se habla de infraestructura en el Perú, la conversación suele empezar en la obra: la carretera pendiente, el aeropuerto que debe ampliarse, la concesión que necesita destrabarse o el proyecto inmobiliario que puede activar una zona. Sin embargo, una parte importante del valor del sector se define antes de que empiece la ejecución. 

Ese valor se define en la capacidad de un proyecto, una concesión o una plataforma empresarial para ser entendidos por el mercado como oportunidades sólidas, sostenibles y defendibles en el tiempo. Esta resulta hoy una de las conversaciones más relevantes para el sector, especialmente en un contexto electoral en el que el país se encamina hacia la segunda vuelta en junio.

La reflexión cobra mayor peso si se observa la dimensión de la agenda pública vigente. El nuevo Plan Nacional de Infraestructura 2026-2031 prioriza 72 proyectos por S/ 144,117 millones e incorpora un modelo de gestión integral del portafolio, con seguimiento, indicadores y alertas tempranas de riesgo. A ello se suma que ProInversión impulsa para 2026 una cartera de 44 proyectos y ocho adendas contractuales por US$ 19,797 millones. 

La señal es clara: la infraestructura seguirá ocupando un lugar central en la agenda económica del país. El punto de fondo, sin embargo, no es solo la magnitud de esa cartera, sino el tipo de conversación que exige. Hoy no basta con afirmar que un activo es importante; también es necesario explicar por qué puede sostener valor en el tiempo.

Es ahí donde la discusión gana profundidad. En construcción, inmobiliarias y concesiones, el mercado presta cada vez más atención a la calidad de los flujos, la consistencia de los supuestos, la distribución de riesgos, la solidez contractual y la capacidad real de ejecución. Desde una mirada transaccional, esto implica demostrar por qué un activo es creíble y sostenible para inversionistas, financiadores o potenciales socios.

Ese punto es especialmente relevante porque, en mercados más selectivos, la confianza no se construye únicamente con escala o con necesidad sectorial. También se construye con claridad sobre cómo se crea y cómo se protege el valor. Un proyecto puede ser necesario, visible e incluso estratégicamente atractivo, pero si no logra sostener una tesis financiera robusta, una lógica de riesgos razonable y una narrativa empresarial consistente, tendrá más dificultades para captar capital o abrir espacio para una transacción.

PwC señala, en su análisis global de fusiones y adquisiciones en los sectores industrial y de servicios, que la ingeniería y construcción concentran alrededor del 11% de la actividad transaccional, en un entorno donde el capital continúa interesado, aunque con mayor selectividad. El mercado está premiando plataformas con resiliencia, capacidad de ejecución comprobada y fundamentos sólidos, lo que explica por qué la conversación sobre infraestructura ya no se centra solo en desarrollar más proyectos, sino en identificar cuáles están mejor preparados para atraer capital y sostener valor a lo largo de su ciclo.

En ese punto se encuentra uno de los desafíos más importantes para el sector. La infraestructura seguirá siendo un eje central de la agenda central del país, pero su fortaleza no dependerá solo de cuánto se construya, sino también de qué tan bien logre sostener el valor de aquello que se construye.