Por Juan Salinas, Gerente General de Fenix
En sectores productivos como energía y minería, la seguridad y salud en el trabajo no es solo una prioridad declarativa, sino una condición habilitante para la continuidad operacional. Sin embargo, en la práctica sigue enfrentando tensiones frente a la presión por cumplir plazos, mantener disponibilidad y responder a contingencias.
Las cifras del Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE) son claras, en el 2025 se registraron 43,978 accidentes laborales. Más allá del número, el dato refleja un desafío estructural: todavía existe una brecha entre lo que está definido en los sistemas de gestión y lo que ocurre en terreno.
En este contexto, es clave reconocer que la seguridad no se agota en protocolos, procedimientos, equipos de protección personal o supervisión. Estos son la base, pero no garantizan por sí solos entornos libres de riesgos. La diferencia real está en consolidar una cultura de seguridad que promueva comportamientos conscientes, donde cada colaborador asuma la seguridad como una responsabilidad personal y colectiva y donde las decisiones seguras dejen de depender de la supervisión para convertirse en una práctica natural.
Ahí es donde los factores humanos cobran relevancia. El exceso de confianza, la prisa, la frustración y la fatiga pueden derivar en distracciones o automatismos. Son situaciones habituales en faena, pero que incrementan significativamente la probabilidad de incidentes sino se gestiona adecuadamente.
La respuesta a este desafío requiere avanzar en dos frentes complementarios. Primero, fortalecer el entorno psicosocial para el trabajador: cargas de trabajo adecuadas, liderazgo efectivo, gestión de un buen clima laboral y políticas que promuevan la reportabilidad y la negativa responsable. Sin estas condiciones, es difícil sostener conductas seguras en el tiempo.
Segundo, incorporar programas de cambio cultural que trabajen directamente sobre la conducta, como SafeStart. Este tipo de enfoque permite a los equipos identificar y gestionar los estados que afectan su desempeño y desarrollar herramientas concretas para mejorar su nivel de atención y toma de decisiones. La evidencia es consistente: la mayoría de los incidentes no responde a fallas técnicas, sino a errores no intencionales influenciados por el contexto.
El valor de avanzar en esta línea no es solo reducir accidentabilidad. Es también mejorar la confiabilidad operacional. Equipos más conscientes del riesgo toman mejores decisiones, comenten menos errores y responden mejor ante situaciones críticas. En industrias intensivas en activos, esto se traduce directamente en mayor eficiencia, menor variabilidad y mejor desempeño global.
Una cultura de seguridad madura también fortalece la gestión. Genera espacios de confianza donde las personas reportan, detienen tareas cuando es necesario y contribuyen activamente a la mejora continua. Esto no solo protege a las personas, sino que impacta positivamente en la sostenibilidad del negocio.
En Fenix, entendemos que la seguridad es parte integral de la gestión operacional y no un elemento accesorio. Por eso, seguimos avanzando en consolidar una cultura donde cada decisión, en todos los niveles, incorpore el cuidado de las personas como un criterio central e intransable.
En el marco del Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, la invitación es clara: pasar de una mirada centrada en el cumplimiento a una enfocada en la conducta y la cultura. Porque en industrias como las nuestras, la seguridad no solo protege vidas; también define la calidad y sostenibilidad de nuestras operaciones.

