Mina de oro abandonada en Johannesburgo

En los alrededores de la gran ciudad sudafricana de Johannesburgo empresas buscan oro en los montículos de residuos mineros, que a veces son más altos que edificios de veinte pisos. Esos montículos son la herencia de la fiebre del oro que llevó a la fundación de la capital económica sudafricana.

Sudáfrica ha sido destronada por Ghana como principal productor de oro del continente, pero el país austral todavía cuenta con un centenar de minas activas, casi la mitad de ellas en la región de Johannesburgo.

Casi siglo y medio desde el inicio de la explotación del rico subsuelo, las sociedades mineras deben desplegar medios y esfuerzos faraónicos para extraer filones de oro de cavidades cada vez más profundas en operaciones costosas y arriesgadas.

“La producción llegó a alrededor de 1.000 toneladas en 1970 y no ha dejado de disminuir desde entonces”, explica a la AFP John Reade, del Consejo Mundial del Oro.

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A principios de los años 1990, Sudáfrica producía 619 toneladas anuales. En 2022, la producción apenas alcanzó las 90 toneladas.

La opulenta ciudad minera de Johannesburgo, apodada “eGoli” (la ciudad del oro en zulú), no extrae actualmente más de un cuarto de la producción anual del país.

Ante esta escasez, empresas como Pan African Resources apuestan por la compra de montes de residuos mineros abandonados desde hace décadas.

– Incidentes y contaminación –

“La extracción de oro a bajo costo, especialmente mediante la explotación de residuos mineros, tiene un futuro prometedor en Sudáfrica”, asegura Reino van den Berg, a cargo de las cuestiones medioambientales en esta empresa durante una visita a sus terrenos.

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Según él, una tonelada de rocas y tierra contiene de media 0,3 gramos de oro, lo que hace que el proceso, aunque laborioso, sea relativamente rentable.

Su empresa usa una técnica de hidroexplotación “sencilla y barata” que consiste en “dinamitar los materiales mediante tuberías de alta presión y transportar el lodo hacia una estación de tratamiento moderna y automatizada”.

Sudáfrica cuenta con unas 6.500 minas abandonadas, la mayoría rodeada de residuos que hasta ahora solo interesaban a los “zama zamas”, el nombre dado en este país a los mineros ilegales que, en zulú, significa “aquellos que todavía lo intentan”.

Son normalmente inmigrantes clandestinos, llegados a Sudáfrica para intentar ganar dinero, a menudo jugándose la vida, buscando restos de oro, piedras preciosas o incluso carbón en minas abandonadas.

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“Al principio, los mineros artesanales iban a estos vertederos y encontraban lo que podían”, explica a la AFP Dale McKinley, investigador de estudios de desarrollo en la Universidad de Johannesburgo.

“Cuando se vio claramente que se podía hacer dinero, los grupos mafiosos que a veces mandaban sobre los zama zamas empezaron a instalarse”, continúa.

El acceso a las minas abandonadas a menudo queda en manos de grupos criminales que se disputan su control y que protagonizan regularmente enfrentamientos mortales.

Este nuevo interés por los escoriales atrajo también a empresas mineras como Pan African en un contexto de “marasmo” económico para la industria del oro, señala McKinley.

Pero tanto estas montañas de desechos como las antiguas minas abandonadas también son fuente de contaminación que llenan el aire y el agua de partículas químicas.