La petrolera estadounidense Chevron acaba de dar un golpe sobre la mesa en Venezuela. El 2 de septiembre, la compañía anunció un plan de inversión de más de US$ 7,000 millones para los próximos cinco años, con el objetivo de más que duplicar su producción de crudo en el país, llevándola hasta aproximadamente 600,000 barriles diarios. No es una decisión improvisada. Es la culminación de una estrategia que la compañía ha venido tejiendo durante dos décadas, mientras otras grandes petroleras abandonaban el mercado venezolano.
El anuncio de Chevron se produce en un contexto de acuerdos energéticos más amplios. El secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, viajó a Caracas para presenciar la firma de los acuerdos, que incluyeron no solo a Chevron sino también a la italiana Eni. El Departamento de Energía de EE.UU. calificó el momento como una «nueva era de inversión energética en Venezuela». El acuerdo permite a Chevron expandir sus operaciones en áreas clave de la Faja del Orinoco, incluyendo Carabobo 1 y Carabobo 2 Sur-A.
«La trayectoria de Chevron en Venezuela se remonta a más de un siglo, y nuestra mayor presencia en el país refleja nuestra confianza en su enorme potencial en materia de recursos y en su capacidad para competir por la inversión dentro de nuestra cartera global durante décadas», indicó Mike Wirth, presidente y CEO de Chevron.
Lo que hace particularmente relevante este movimiento es el largo camino recorrido por Chevron en Venezuela. Mientras ExxonMobil y ConocoPhillips optaron por retirarse del país tras las nacionalizaciones de mediados de la década de 2000 y recurrieron a arbitrajes internacionales para reclamar compensaciones, Chevron decidió quedarse. Durante años, sus trabajadores operaron en un entorno marcado por la hiperinflación, cortes de electricidad y episodios de inestabilidad política, mientras los ejecutivos de la compañía mantenían gestiones tanto en Caracas como en Washington para preservar sus operaciones.
Esa paciencia ahora rinde frutos. Chevron es la única gran petrolera estadounidense con una presencia operativa significativa en Venezuela. Conserva infraestructura, relaciones y conocimiento operativo que sus competidores ya no tienen. Como explicó Mike Wirth, director ejecutivo de Chevron: «Junto con nuestros socios, esperamos invertir más de US$ 7,000 millones y duplicar la producción».
Horizonte hasta el 2040
El acuerdo alcanzado en septiembre no solo desbloquea inversiones inmediatas, sino que asegura a Chevron el acceso a reservas que alcanzan los miles de millones de barriles. La compañía considera que estos recursos pueden sostener su presencia en Venezuela durante las próximas décadas, incluso hasta la década de 2040 y más allá. La producción venezolana tiene un costo de extracción inferior a US$ 20 por barril, lo que la convierte en una fuente especialmente rentable si se mantienen los precios actuales del petróleo.
Chevron no es la única que ha visto la oportunidad. Eni, la italiana, también firmó el 2 de septiembre un contrato por 25 años para operar el bloque Junín 5, que cuenta con aproximadamente 35,000 millones de barriles de reservas. A través de su empresa conjunta Cardón IV con Repsol, Eni también opera el campo Perla, el mayor descubrimiento de gas de América Latina. Eni, junto con Repsol y la estatal venezolana, prevé invertir US$ 1,500 millones adicionales.
Cuenca Pérmica
La apuesta de Chevron por mantener activos petroleros durante largos periodos no es nueva. Tras su fusión con Texaco en 2001, la compañía heredó amplios derechos de perforación en la Cuenca Pérmica de Estados Unidos, cuando todavía existían dudas sobre si los recursos de esquisto podían explotarse de manera rentable a gran escala. En lugar de desprenderse de esos activos, Chevron decidió quedarse. Unos quince años después, el desarrollo de nuevas técnicas de perforación horizontal y fracturación hidráulica permitió explotar esos recursos con mayor eficiencia, y la compañía terminó controlando una extensa superficie en el corazón de una de las principales zonas petroleras estadounidenses.
Para Mike Wirth, mantener posiciones de alta calidad puede ser determinante incluso cuando esos recursos no sean los más sencillos o económicos de desarrollar en el corto plazo. La lógica es esperar a que la tecnología, la economía y las condiciones del mercado hagan viable una explotación que antes no lo era.
El riesgo político persiste
Sin embargo, la estrategia de Chevron en Venezuela todavía enfrenta una incertidumbre política considerable. No está garantizado que quien suceda a Donald Trump en la Casa Blanca mantenga la actual política hacia Venezuela. Tampoco existe certeza sobre la disposición del gobierno venezolano a continuar cooperando con Estados Unidos en el largo plazo. En Caracas, cualquier cambio en el poder podría modificar las condiciones bajo las cuales operan las compañías extranjeras.
Schreiner Parker, de Rystad Energy, considera que las décadas de relaciones de Chevron en Venezuela, además de la infraestructura y el conocimiento acumulado durante años de operación, colocan a la empresa en una situación que sus competidores no pueden reconstruir fácilmente. Pero la rentabilidad futura de esta apuesta continúa dependiendo de factores tecnológicos, económicos, comerciales y políticos.
Chevron apuesta así por una estrategia de largo plazo en un mercado con enormes reservas, donde la paciencia de dos décadas podría finalmente traducirse en una posición dominante. La pregunta es si el entorno político permitirá que esa apuesta se concrete. Por ahora, la compañía ha movido ficha. El resto está por verse.

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